Todos los docentes sabemos que no existen dos grupos de alumnos iguales, que el proceso de aprendizaje (y por lo tanto de enseñanza) varía dependiendo de muchos factores, y sobre todo que no existe un “libro de instrucciones” al que podamos recurrir cuando se nos presentan algunas situaciones inusuales.
Yo voy a hablar de mi experiencia. En mi caso (soy profesora de español a extranjeros), la inmensa mayoría de los alumnos que asiste a mis clases son mayores de edad, y en un porcentaje muy elevado se trata de estudiantes universitarios que vienen a nuestro país a completar sus estudios por requisitos de su titulación, y por lo tanto vienen buscando los tan cotizados hoy día créditos. En otros casos se trata de alumnos que, aun siendo universitarios, se han tomado un año sabático, por lo que en su caso el aprendizaje no está supeditado a la obtención de los créditos. También los hay que aprovechan sus vacaciones en nuestro país para acercarse un poco más a la lengua de Cervantes, y no debemos olvidarnos de aquellos que por diferentes razones habitan en nuestro país y deciden profundizar o mejorar sus conocimientos de español por razones personales o profesionales, o simplemente para evitar “destacar” mucho entre la población española y poder tener recursos suficientes como para salir airoso en algunas situaciones en las que por ejemplo algún que otro entrenador de fútbol de cuyo nombre no quiero acordarme y cuyo club no quiero mencionar, salvaba la mayoría de sus intervenciones públicas con aquella famosa frase de “tú siempre negatifo, nunca positifo”
Pero aparte de las intenciones académicas de cada uno de ellos, hay algunas situaciones concretas que dificultan y a veces hacen casi imposible el aprendizaje. Mencionaré algunos casos. Una vez tuve una chica de origen estadounidense, que tenia dentro y fuera de clase un comportamiento podíamos decir anómalo, lo cual provocaba situaciones extrañas ante las que ni sus compañeros ni yo misma sabíamos cómo reaccionar: se levantaba a veces sin razón aparente y volvía a sentarse, otras veces preguntaba con un tono de voz claramente exagerado…. Y finalmente un día cuando hablé con ella para informarla de que tenía problemas con su asistencia y que eso daría lugar a la no obtención del certificado, me reconoció que el certificado le daba igual, que ella no quería estar allí pero que sus padres la habían enviado en contra de su voluntad, según su opinión porque no sabían qué hacer con ella. En aquella charla me enteré de que esta chica padecía una esquizofrenia diagnosticada.
En otra ocasión tuve a un invidente en clase, y fue realmente complicado ya que en los manuales y libros que existen de Español como segunda lengua, no los hay adaptados para invidentes, aunque este chico disponía de un programa de ordenador que le hacía prácticamente todo el trabajo.
El curso pasado tuve una alumna que padecía un trastorno, al parecer muy común en EEUU (aunque aquí en España yo nunca he conocido a nadie con este trastorno) y del que no recuerdo el nombre, pero que se manifiesta con reacciones de diferente índole, espontáneas y normalmente no controladas que se producen en el afectado; pueden soltar un grito, o sufrir una convulsión, o hacer sonidos extraños…… En este caso concreto la chica emitía unos sonidos, nada agradables he de reconocer, que tuvieron como consecuencia una evidente y clara discriminación dentro del grupo, no sólo en el comportamiento o ignorancia hacia ella, sino que incluso físicamente la distribución de los alumnos dentro del aula cambió ya que TODOS optaron por sentarse lo más lejos posible de ella, y el cooperativo en clase a duras penas se realizaba.
Podría contar muchos más casos, pero todos ellos me llevan a la misma pregunta: ¿Cuál es nuestra labor como docentes en estos casos? ¿Hemos de limitarnos a impartir las enseñanzas plasmadas en nuestros respectivos currículos? ¿O por el contrario forma parte de nuestra labor “entrar” y vernos implicados en algo que no tiene que ver con nuestro trabajo de “enseñanza”? En mi caso concreto, reconozco que me implico y que intento que al menos en la dinámica de clase, estos inconvenientes no dificulten demasiado el desarrollo normal de la clase.
Al principio comentaba que no hay libro de instrucciones, y creo que es nuestra intuición, nuestra empatía y nuestra sensibilidad la que nos puede ayudar a salvar este tipo de obstáculos. Y termino mi reflexión con una pregunta:
¿EN QUÉ CONSISTE ENSEÑAR?